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Hoy es el primer día sin fútbol desde que empezó el Mundial. El primer día de orfandad. De agenda vacía. Parece que fue ayer, hace solo unas horas incluso, cuando decidimos apelotonarnos frente al televisor para, ciegos de ilusión, bebernos de un trago el infausto México-Sudáfrica. Han pasado ya 27 días desde aquel estreno en el Azteca. Se han jugado 96 partidos y se han marcado 280 goles (2,9 de media por encuentro), más que en ninguna otra Copa del Mundo. Y han brillado como nunca los mismos jugadores de siempre.
Tiene esta edición del torneo, no obstante, suficientes motivos como para autoproclamarse la mejor de la historia, para ingresar al menos en el debate por las posiciones de máximo privilegio, pero tal vez será por nuestra conciencia, tal vez por nuestra firme tradición futbolística, cuesta brindarle tales honores a Estados Unidos tras lo acontecido en los últimos días.
Le sirvió de poco a Mauricio Pochettino, argentino a los mandos del combinado estadounidense, que su Mr. President, su admirado Donald Trump, levantara el teléfono para corromper el torneo ante los ojos del mundo y, con el beneplácito de Gianni Infantino, permitiera que por primera vez en la historia un jugador suspendido —Folarin Balogun— se librara del castigo en los despachos.
Aun con el habilidoso delantero del Mónaco sobre el césped, EE UU cayó eliminada con estrépito ante una Bélgica frágil, que poco o nada se parece a la que sacudió los mimbres del torneo a lomos de Eden Hazard allá por 2018. Y Balogun, que ni tan siquiera protestó su justa expulsión ante Bosnia en dieciseisavos de final, quedará marcado de por vida por algo que poco o nada tiene que ver con sus dotes sobre el verde.
Quién sabe, quizá Trump, que había exigido a la FIFA que "revisara la jugada", pensó que EE UU estaba condenada a salir al campo con un futbolista menos en octavos de final. Quizás peco yo de optimismo al pensar que Trump sabe cuántos integrantes componen un equipo. No descartemos incluso que antes de que arranquen los cuartos de final, la FIFA recule y declare el partido como inválido porque Balogun, sancionado, no podía jugar. Desde luego, hay tiempo para repetirlo y borrarnos la memoria a todos.
Mientras tanto, hasta que eso suceda, hagamos un último esfuerzo por centrarnos únicamente en el fútbol, en los ocho partidos restantes. Obviemos el esperpento que desde hace semanas rodea al juego que tanto nos enamora. Confío en que si nos concentramos mucho, si conseguimos separar el grano de la paja, incluso en estas condiciones, aún podemos disfrutar del Mundial frente al televisor.
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